Esta preciosa posada ocupa un edificio de finales del siglo XVIII, integrado en un conjunto arquitectónico de igual época, prácticamente deshabitado, pero conservado con mimo por todos sus propietarios. Por eso se ha restaurado atendiendo a la estética de su tiempo.
La mayoría de los muebles datan de la época de Carlos IV, y están combinados con otros de diferentes épocas, pero siempre únicos y escogidos.
Los techos de entramado de madera, los baños de ambiente rústico, los suelos de tarima de pino tea, o de baldosas de barro hechas a mano, confieren a cada espacio un identidad personal e irrepetible.
Un puente del siglo XVI cruza un pequeño arroyo, que desciende de un bosque de extraordinaria belleza que rodea la casa y, tras la Posada, un jardín rústico exclusivo, y los huertos con los que abastecen diariamente la cocina.